La escena libanesa parecía situarse en una nueva encrucijada, donde las presiones políticas se entrecruzan con los desafíos económicos y de seguridad en un panorama complejo que no admite eslóganes, sino que exige decisiones firmes.
En el plano político, el tema de las armas de Hezbolá ha vuelto con fuerza al primer plano. El gobierno anunció que la próxima fase del plan para poner todas las armas bajo control del Estado requerirá varios meses de trabajo sobre el terreno por parte del Ejército libanés. Esto ocurre en medio de una clara división interna: los partidarios consideran el paso como una vía para reforzar la soberanía del Estado, mientras que los detractores lo ven como una concesión a presiones externas. Este asunto no se desarrolla en el vacío; está directamente vinculado a los equilibrios regionales y a los cálculos de seguridad en la frontera sur.
En el ámbito de la seguridad, el frente sur sigue siendo delicado. Las tensiones con Israel no se han disipado por completo, y los informes sobre violaciones y ataques esporádicos recuerdan que la estabilidad actual es frágil y puede tambalearse en cualquier momento. En un país agotado por las crisis, un solo incidente de seguridad podría hacer retroceder el reloj.
En el plano económico, los libaneses han recibido otro golpe con el aumento de los precios del combustible tras la subida de impuestos y tasas. La decisión gubernamental se reflejó de inmediato en el costo del transporte y en los precios de los bienes, ampliando la preocupación pública. Los ciudadanos que esperaban una mejora tangible en su poder adquisitivo se encontraron frente a una nueva ola de inflación, mientras que los salarios no han acompañado este incremento.
En el ámbito social, el gobierno se movilizó sobre el terreno: el primer ministro Nawaf Salam visitó a familias afectadas en Trípoli. El gesto tiene una dimensión humanitaria y simbólica, pero su impacto seguirá siendo limitado si no se traduce en políticas de apoyo sostenibles.
En conclusión, Líbano en esta fecha no vivía un único acontecimiento decisivo, sino una serie de desarrollos entrelazados: soberanía en debate, seguridad bajo presión y una economía que pesa sobre la vida diaria de la población. La próxima etapa se medirá por la capacidad del Estado para convertir estos desafíos en una oportunidad para reconstruir la confianza, tanto dentro como fuera del país.



