Los acelerados acontecimientos en el noreste de Siria ya no pueden considerarse una simple escalada de seguridad pasajera; reflejan, más bien, una transformación estructural en la ecuación del control y la influencia, en un momento regional e internacional marcado por la ausencia de regulación y el retroceso de las prioridades. Desde finales de 2024, y tras la caída del antiguo régimen, la región ha entrado en una fase de alta fluidez estratégica, en la que los conflictos no se gestionan con el objetivo de una resolución definitiva, sino mediante el desgaste de los adversarios y la reconfiguración forzada de los equilibrios.
El enfrentamiento actual entre las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) y la autoridad de facto en Damasco no puede leerse como una confrontación militar convencional, sino como una disputa por la definición del poder, los límites de la legitimidad y la forma del futuro Estado sirio. La cuestión no se limita al control de ciudades o recursos, sino que afecta a la abolición o consolidación de un modelo completo de gobernanza que se formó en el noreste del país durante los años de guerra.
Del fracaso del entendimiento a la ruptura de voluntades
El fracaso del encuentro entre Mazloum Abdi y Ahmad al-Sharaa no fue un detalle procedimental, sino que puso de manifiesto la profunda brecha entre dos proyectos contradictorios. Damasco no presentó una solución política, sino una fórmula de sometimiento total que comienza con la disolución de las fuerzas y culmina con la reimposición de una centralización coercitiva. Por el contrario, las FDS interpretaron estas exigencias como una amenaza existencial, no solo para ellas, sino también para la sociedad en la que se apoyan.
La declaración de la movilización general y la aparición de los líderes en el frente marcaron un claro paso de la maniobra política a la lógica del enfrentamiento abierto. Con la llegada de combatientes desde fuera de las fronteras, el conflicto adquirió una dimensión regional que amenaza con convertir el noreste de Siria en un escenario de ajustes de cuentas que trascienden el ámbito interno sirio.
Las prisiones: el punto de quiebre más peligroso
El factor más peligroso de este panorama no se encuentra en las líneas de combate, sino en el colapso del sistema de detención de los miembros de la organización «Daesh». Estas prisiones nunca fueron simples instalaciones de seguridad; constituyeron un pilar fundamental para impedir que la organización se regenerara. Al verse sometidas a bombardeos, interferencias y a la pérdida de control sobre algunas de ellas, se han transformado en una auténtica puerta de entrada para la liberación de combatientes experimentados y conocimientos operativos.
Lo que ocurre aquí no puede separarse de la pregunta de «quién se beneficia». La salida de elementos de la organización, ya sea por negligencia o por ataques deliberados, sirve a la lógica del caos mucho más que a cualquier proyecto de estabilidad. La aparición de símbolos y consignas extremistas entre algunos de los atacantes refuerza la hipótesis de una superposición funcional, o al menos de una tolerancia ideológica, entre facciones vinculadas a la autoridad de Damasco y organizaciones yihadistas.
Daesh como producto del caos, no como su motor
En este contexto, el retorno de «Daesh» parece más una consecuencia inevitable de la pérdida de control que una expresión de una fuerza intrínseca renovada. La organización explota los vacíos, se alimenta de los conflictos internos y se reposiciona en líneas de contacto descuidadas, especialmente a lo largo de la frontera sirio-iraquí, donde la ocupación de los actores locales le ofrece una oportunidad de oro para reconstruir sus redes.
La detención de dirigentes durante intentos de infiltración indica que la organización ya no busca establecer un «emirato» en el sentido clásico, sino asegurar libertad de movimiento, espacios porosos y capacidad de sabotaje transfronterizo.
Ira kurda y erosión de la confianza en el aliado internacional
En el plano social y político, la movilización kurda dentro de Siria y en la diáspora revela una profunda crisis de confianza con las potencias internacionales, en particular con Estados Unidos. Las protestas en la región y en el exterior no son meras expresiones de solidaridad, sino un mensaje político claro: abandonar a los socios locales no solo los pone en riesgo, sino que socava la credibilidad de cualquier estrategia internacional futura en la región.
Intervenciones cruzadas y mensajes contradictorios
Las intervenciones turcas y los ataques aéreos se enfrentan a la vacilación internacional y a la ambigüedad estadounidense, visibles en contactos políticos que no van acompañados de garantías reales sobre el terreno. Esta contradicción entre el discurso y la realidad profundiza la sensación de que la región se gestiona con una lógica de contención temporal y no de solución sostenible.
Una encrucijada sin horizonte claro
El noreste de Siria se encuentra hoy en un punto crítico: un conflicto abierto sin horizonte político, sistemas de seguridad en descomposición y una organización extremista que se infiltra de nuevo a través de las grietas del caos. El verdadero peligro no reside en el retorno de «Daesh» en sí mismo, sino en el entorno que hace posible ese retorno y lo convierte nuevamente en una herramienta de presión regional.
Sin un enfoque político integral que reconozca la pluralidad y redefina la relación entre el centro y las periferias, lo que hoy se gestiona como una lucha por la influencia podría transformarse mañana en una explosión regional que trascienda la geografía siria y devuelva a toda la región al punto de partida.



