Por el Dr. Hisham Al-Awar
Lo que está sucediendo en Alepo no es un desliz de seguridad pasajero, ni un enfrentamiento localizado que pueda contenerse con un comunicado o una mediación. Lo que está ocurriendo es un retorno explícito a la lógica de la sangre como herramienta de gobierno, y al caos como política de hechos consumados, en un país que se deja deliberadamente sin Estado y sin protección.
En Alepo, civiles desarmados son asesinados, los barrios son sitiados y la población es empujada al miedo y al hambre, mientras la autoridad ausente se oculta tras su propia impotencia y la comunidad internacional se conforma con el papel de espectador frío. No hay planes, no hay disuasión, no hay rendición de cuentas. Solo una escena abierta a más derramamiento de sangre.
Lo más peligroso es que Alepo no es una excepción. La costa siria sufre ataques, las iglesias de Damasco son blanco de atentados, el Sur sigue bajo asedio y asfixia, y la Montaña de los Drusos y Al-Suwayda pagaron el verano pasado un precio sangriento atroz, y hasta hoy permanecen sin justicia ni protección. La geografía varía, pero el crimen es el mismo y la víctima es la misma: el ciudadano sirio indefenso.
Todo esto ocurre después de una fase que se dijo ser la de la «posguerra» o «post-antiguo régimen», una etapa en la que se prometió a los sirios un Estado, justicia y seguridad. Pero lo que ha sucedido es exactamente lo contrario. Los rostros han cambiado, pero el terrorismo sigue siendo el dueño de la escena, el civil sigue siendo el eslabón más débil y el asesinato permanece impune.
La sincronización de estos ataques y la expansión de su alcance confirman que Siria está siendo empujada nuevamente hacia la desintegración, no por casualidad, sino por la ausencia de una decisión firme para detener el caos. Porque cuando no se protegen las ciudades y no se castiga a los asesinos, el silencio se convierte en complicidad y la inacción en colaboración.
La responsabilidad aquí es doble: interna, recae sobre las fuerzas incapaces o reacias a imponer la seguridad; y externa, recae sobre las grandes potencias que alzan eslóganes de estabilidad mientras dejan a los sirios enfrentar su destino solos. Los comunicados no detienen las masacres y la «preocupación» no protege a los niños.
Alepo hoy no es solo una ciudad que sangra. Es una última advertencia. Si no se rompe esta trayectoria, Siria se encamina hacia una etapa en la que el asesinato será la regla, el caos será el sistema y lo que queda de esperanza será enterrado bajo los escombros del silencio.



